Camiseta indiana
Vaya,
No sé cual llevarme, la blanco roto o este otro color petróleo.
Es verdad lo que me comentaron mis dos colegas de armas. Estos pulóveres se adaptan casi con el pensamiento y esconden lo que no quieras que se vea, desde la panza a una pistola. Y yo barriga no tengo, mucho ojito. En términos estéticos esta función está muy bien, quien lo duda, pero para la gente de mi oficio, además de informalmente elegante, es muy práctica. Me miro otra vez en el espejo. Nadie diría que debajo llevo la funda sobaquera y la pipa.
Es como si no estuvieran. Me doy una vuelta rápida, a ver qué tal. Nada, perfecta. Nanotejidos producidos en la Ciudad Libre de Melilla dice la etiqueta codificada que te deja saber donde se produjeron los tejidos, quien es el diseñador (Cooperativa del Arte de la Cosas, vaya, neovenecianos…), dónde se cosieron y con qué tipo de hilo… No parece que le esté yendo mal a Melilla desde la independencia…creo que me voy a llevar la petróleo, más a tono con las tareas que suelo realizar. Ya estaba harta de ir con la chaqueta de cuero a todas partes y en toda estación…
Bien, basta ya de tonterías. Tengo un encargo. Un tal de Ugarte: edad indeterminada, indeterminado modo de ganarse la vida… lo de la edad es muy raro, porque no cuadra, si lees la nota que me enviaron sobre su carrera da la sensación de que no se trata de una persona, sino de una organización, de algún tipo de grupo de esos que aparecen en todos los fregados como asesores, o asesores de los asesores, prestadores de servicios invisibles pero muy bien pagados. Sugerí a los contratistas la idea del grupo, pero me aseguraron rotundamente que se trata de un tipo, de un solo tipo. Pero si es así debe andar por los noventa años, y entonces algo falla, porque la captura holo que me vino con la ficha indicaba que había sido obtenida hace un mes, y ese rapado de la camiseta negra que aparece ahí no tiene noventa ni ochenta, ni de coña, salvo que haya descubierto la fuente de la eterna juventud, esa última frontera que mueve cada vez más millones de euros y sólo consigue penosos remedos de vitalidad, y no se lo haya dicho a nadie.
Tampoco me han dicho porqué hay que ultimarlo (me gusta esa palabra, ultimar, cada uno en su oficio debe construir sus propias metáforas…). En todo caso, no es mi problema.
Al salir a la calle la camiseta adaptó su temperatura, se agradece el frescor inmediato. Madrid es un horno en estas fechas…lástima que la funda de la pistola no esté tan avanzada, me pica la correa plástica justo bajo la cinta del sujetador, qué agobio.
No me gusta nada dónde voy. Es un barrio, digamos, poco recomendable, y, aunque posiblemente yo sea la persona más peligrosa en varios kilómetros a la redonda, no apetece sumergirse en el laberinto de calles empinadas y disparejas que quedaron detrás de la Nueva Gran Vía . Soy más de avenidas amplias y bien escaneadas, centros comerciales supervisados profesionalmente por una agencia respetable, en fin, lo normal. Estas callejas quedaron semienterradas con las obras de las olimpiadas de 2020, apenas quedaron en ellas cuatro tenduchas que no tenían dinero para trasladarse y los locales
vacíos fueron ocupados por indigentes o por las tribus más cutres de la ciudad: los mezclados, los punks, los alter… Las tribus potentes comparten edificios de oficinas con las corporaciones transnacionales. De hecho es lo que son. La comunidad binblinera, por ejemplo, que agrupó a todas las sucursales de las maras latinas y las dotó de respetabilidad, son un interlocutor para casi cualquier cosa que se quiera hacer en la ciudad, o los taníes, o los chinos, o la jihad europea contra el ateismo…
Calle barco… empinada, poca visibilidad, no me gusta. Y mucho menos para vérmelas con una especie de Dorian Gray del siglo XXI… Bueno, es mi trabajo, al menos voy fresca y no tengo calor…pero no puedo quitarme de encima la sensación de que me observan.



