Grupo Cooperativo de las Indias

El Arte de Las Cosas

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Artesanado, fraternidad y comunidad

27 sep 2009

No deja de resultar extremadamente llamativo en la recuperación que Sennett ha hecho de la figura del artesano, la ausencia de reflexión sobre aquello que precisamente fue más novedoso y revolucionario en el artesanado: el concepto de fraternidad.

Olvidando la idea y práctica de fraternidad El artesano de Sennett, aún vindicando algo hermoso e inspirador, se queda cojo. Hace brillantemente el recorrido de la relación entre artesano, herramientas, cosas y valores, pero no entra en cómo las relaciones del artesano con las cosas influyen y se proyectan en las relaciones entre los artesanos y entre estos como conjunto y el resto de la ciudad.

Y sin embargo, este fue históricamente el elemento más llamativo para los contemporáneos. Es la fraternidad artesana la que genera la primera idea y definición moderna de comunidad.

Una vez más, hay que salir del taller artesano y volver a las comunas medievales. El régimen de estricta regulación económica del artesanado impuesto por los artes en las comunas medievales consolidó a través de la igualdad económica lo que en origen había sido una estrecha cooperación entre talleres y mercaderes para sobrevivir. La competencia se reguló al punto de igualar en ingresos y modo de vida a todos los artesanos. Como nos cuenta Pirenne:

Entre todos estos hombres de igual profesión, igual fortuna e iguales anhelos, se crearon estrechos lazos de camaradería o, para emplear la expresión que aparece en los documentos de la época, de fraternidad. Se organizó en cada oficio una asociación benéfica: cofradía, charité, etc. Los cofrades se ayudaban los unos a los otros, se encargaban del sustento de las viudas y de los huerfanos de sus camaradas, asistían de forma conjunta a los funerales por los miembros de su grupo, participaban, codo con codo, en las mismas ceremonias religiosas y en las mismas celebraciones. La unidad en los sentimientos correspondía con una igualdad económica. Constituía su garantía espiritual, a la vez que reflejaba la armonía existente entre la legislación industrial y las aspiraciones de aquellos a los que se aplicó.

La fraternidad pasó así a ser un sinónimo del genius de la ciudad libre y una vindicación que se volvería recursiva en todos los movimientos alternativos de los siguientes siglos:

La organización del medio rural era patriarcal. La idea de poder parternal dejó paso al concepto de fraternidad. Los miembros de los gremios y de las carités ya se llamaban hermanos los unos a los otros y la palabra pasó de estas asociaciones, al conjunto de la población: Unus sbveniat alteri tamquam fratri suo, afirma la keure de Aire, “que el uno ayude al otro como un hermano”

Los gremios, en solitario o en asociación con algunos mercaderes-artesanos globalizados, se enfrentarán al poder del patriciado mercantil luchando por la representación y el poder de ordenar las ciudades. En Lieja lo conseguirán intermitentemente desde 1253 y definitivamente desde 1384, en Gante intermitentemente durante los siglos XIII y XIV hasta el XV.

Se inaugura entonces una forma completamente novedosa de legitimación del poder: Los magistrados de los burgos ejercen su poder en nombre de la communitas (comunidad) o la universitas civium (conjunto de ciudadanos) y no en el del Príncipe civil o de la Iglesia, pero tampoco en el de la fraternidad que une entre si a los artesanos y que cimienta la obligación de pertenecer a un oficio para ejercer la ciudadanía completa (como en la Florencia gobernada por las artes). La comunidad sin embargo no estaba definida de un modo banal. Por el contrario exigía una identidad y relaciones materiales fuertes de cada uno con el conjunto.

Tanto en las ciudades donde había jurados como en las que carecían de ellos, los ciudadanos constituían un cuerpo, una comunidad, cuyos miembros eran todos solidarios los unos respecto de los otros. Nadie era burgués si no prestaba el juramento municipal, que lo vinculaba estrechamente con el resto de burgueses. Su persona y sus bienes pertenecían a la ciudad, y tanto éstos como aquélla podían, en todo momento, requisarse si era preciso. No se podía concebir al burgués de forma aislada, como tampoco era posible, en épocas primitivas, concebir al hombre de manera indiviadual. Se era persona, en tiempos de los bárbaros, gracias a la comunidad familiar a la que se pertenecía, se era burgués, en la Edad Media, gracias a la comunidad urbana de la que se formaba parte.

Encontramos aquí la primera construcción de espacios políticos que los hace corresponder con los principios democráticos clásicos: libertad (del ciudadano en la comunidad), fraternidad (de los gremios entre si) e igualdad (de los maestros en el gremio).

La fraternidad, que había nacido como la relación propia del taller, había crecido para definir la base del cuerpo político entero… a través de un sistema que sustentaba la desición sobre la deliberación permanente. El resultado en Lieja, según Pirenne el sistema más democrático que hayan conocido jamás los Paises Bajos, obligaba a que:

Todos los asuntos importantes debían someterse a la deliberación de los treinta y dos gremios, y resolverse en cada uno de ellos por receso o sieultes (proceso verbal a través del cual son depositadas las deliberaciones de las dietas).

Amor por las cosas o hermandad entre las personas

Como recordábamos en Filés la clave última de los ceremoniales de iniciación gremial era la identificación del aprendiz con la herramienta de trabajo y la asociación de las consecuencias de esta con las consecuencias sociales de los valores ordenadores del gremio.

Algo muy similar vindicamos, con el lenguaje de nuestro tiempo, cuando creamos el Arte de las Cosas:

Pensamos que el conocimiento que permite hacer cosas hermosas y socialmente útiles no puede ser sólo un conocimiento técnico, ha de contener un significado social, una ética del trabajo y una visión del mundo. Los objetos que se ofrecen en el mercado son portadores de mundos, de proyectos sociales y visiones morales

Reduciendo el artesanado a un ethos de la cultura material, de la relación entre trabajo y cosas producidas, Sennett olvida que el amor a las cosas del artesano se produce porque en ellas expresa un juego de valores que proyecta la fraternidad propia del taller en el que convive con los aprendices.

Y en este sentido es llamativa su aproximación, también sumamente coja, al mundo del desarrollo de software libre. Un programador de software libre cuida y hace hermoso su código no tan sólo por amor al código que hace, sino por lo que ese código significa y sobre todo por lo que significa que sea libre.

El artesano se relaciona con el mundo a través no sólo de objetos, sino creando comunidad. El artesano es un hacker, pero el artesanado es un troyano de la fraternidad.

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Natalia Fernández, gobernadora del Grupo Cooperativo de las Indias
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