Es interesante seguir la historia del movimiento benedictino tanto por la incorporación del afán de conocimiento y su aplicación al trabajo como por la lógica de base de su economía. Como hay buenas páginas de introducción a la reforma clunyaciense en la red, en este post simplemente transcribimos el contraste que el famoso medievalista Georges Duby establece entre las sucesivas reformas de Cluny y el Cister.
(más…)
Bitácora del Arte de las Cosas
-
Material de trabajo: De Cluny al Cister
01 sep 2010
Extractos de “Guerreros y campesinos” de Georges Duby
-
Un tiempo para los “pies polvorientos”
24 ago 2010
Seguimos el debate indiano sobre la figura del mercader a partir de “Las Ciudades de la Edad Media” de Henri Pirenne.
La tesis inicial de de Pirenne sobre el que estamos discutiendo está en el análisis de las respuestas en diferentes puntos geográficoy conductora Las ciudades en la Edad Media de Pirenne sitúa “el cierre del Mediterráneo” como el origen de la Edad Media.
El Mediterráneo puede considerarse como el configurador del imperio romano y bizantino, la base de su unidad económica, pero también el espacio a conquistar por los diferentes pueblos que se sienten atraídos por su clima suave, diversidad natural y civilización… y claro está, también por la riqueza de sus grandes puertos comerciales. Pero el 711 rompe definitivamente la unidad mediterránea, y “el mar se convierte en una barrera” para Occidente y Oriente.
A partir de este momento, Europa Occidental entra en una época de decadencia económica: Desaparece el comercio y los mercaderes, el cuño de oro y el monopolio que los estados ejercían para la acuñación de moneda.
La economía de cambio fue sustituída por la economía de consumo. Cada dominio, en lugar de continuar en relación con el exterior, constituye un pequeño mundo aparte [...] El siglo IX es la Edad de Oro de la economía doméstica sin mercados
Sin embargo, este marco, donde la Europa Occidental pierde todo tipo de influencia y contacto con el exterior, no se reproduce en la banda oriental. Allí, reinos tapón se benefician del comercio que intermedian entre el imperio bizantino y el joven mundo musulmán. Es más, encontramos los que seguramente sean los primeros fondachi en Constantinopla:
Los mercaderes rusos tienen aquí un barrio especial y sus relaciones con los habitantes de la ciudad están reguladas por tratados comerciales, el más antiguo data del siglo IX
Esta situación tampoco se mantendría durante mucho tiempo, ya que a finales del S.IX y principios del X, los rusos por influencia de Constantinopla se convierten al cristianismo.
Otra de las excepciones la encontramos en Venecia donde podemos decir que los venecianos sacaron incluso ventaja del cierre del Mediterráneo. Según recoge Pirenne, “Venecia no pertenece a Occidente nada más que por su situación geográfica, pues le es ajena tanto por el tipo de vida que lleva, como por el espíritu que la anima“. Esta peculiaridad, junto con su posición geográfica militarmente inexpugnable, será la causa de que entre Venecia y Oriente no se pierda el contacto a lo largo de la Edad Media.
Desde Venecia, la nueva cultura mercantil se expandiría por toda Europa. Una nueva clase mercader surgió poco a poco asociada a herramientas que nos son familiares y sabemos indispensables: la generación de instrumentos financieros, el uso de la diplomacia corporativa y la inteligencia de negocio. Así, el nuevo mercader se define como un nuevo tipo humano:
Muchos conocían lenguas extranjeras y estaban al corriente de las costumbre y de las necesidades de diferentes países [...] si se presentaba una oportunidad afortunada estaban entusiásticamente dispuestos a sacarle beneficios
Y oportunidades en tiempos de miseria no faltaban, cuando cada operación, además, suponía un importante beneficio, ya fuera un cargamento de trigo o valiosos tejidos. La actividad comercial por tanto permitía el ascenso social de forma rápida y admitía cualquier condición de partida.
Un interesantísimo ejemplo nos lo daría la biografía del sajón San Goderico. Nacido a finales del S.IX de campesinos pobres, se dedicó para subsistir a recorrer las playas en busca de restos de naufragios con los que mercadear. Pronto pasó a buhonero y comenzó a recorrer el país de feria en feria obteniendo pequeños beneficios. Su oportunidad le llega con el salto al comercio marítimo. Se asocia a otros mercaderes y fletan un barco que traslada mercancías y personas a lo largo de las costas de Inglaterra, Escocia, Dinamarca y Flandes. La sociedad prospera y nuestro San Goderico se convierte en un hombre cada vez más rico.
Santo modélico donde los haya, en San Goderico encontramos:
- El ascenso social
- El espíritu capitalista -de la recogida de cachivaches en playas al cabotaje-
- La búsqueda de mercados para la maximización del beneficio en cada operación comercial. Esta maximización del beneficio está en contra de la doctrina de la iglesia que castiga la especulación en favor de la teoría del precio justo.
- La asociación, con otros mercaderes, para reducir riesgos, tener un entorno de aliados en los mercados exteriores, mancomunar compras y obtener mejores condiciones económicas en la financiación de las operaciones
Finalmente, San Goderico, se aviene a la doctrina de la Iglesia, se convierte en monje y dona todos sus bienes a los pobres.
Tenemos hasta aquí que las habilidades para detectar oportunidades, la existencia de una mínima cultura de financiación y la cooperación son factores clave para entender el éxito de la naciente clase comerciante. Queda todavía una más: la organización de la seguridad en la itinerancia, dentro de un mundo fundamentalmente estático donde cualquier viaje es tan extraordinario como peligroso.
La seguridad está garantizada por la fuerza, y la fuerza es consecuencia de la unión [...] los mercaderes recorren el país en bandas.
Estas agrupaciones comerciales son descritas por Pirenne
como bandas armadas cuyos miembros, provistos de armas y espadas, rodean a los caballos y a las carretas cargadas de sacos, fardos y toneles
Los comerciantes y la libertad
Los comerciantes son en esta época grupos en tránsito permanente.
Salvo en invierno, el comerciante de la Edad Media, está permanentemente en ruta, los textos del S.XII les llaman “pies polvorientos”.
Esta peculiaridad les confiere la condición de extranjeros en cualquier territorio. Aunque en su mayor parte proceden de padres no libres, son desconocidos a los que la población no puede relacionar con ningún señor. Su propio movimiento constituye la garantía de su libertad. A esta condición se llega por su uso y por el desarraigo del territorio natal que les permite ir a cualquier parte sin ser reclamados por nadie. No hay posibilidad de demostrar que previamente no disfrutaban de libertad, el derecho feudal juega paradójicamente a su favor.
Esta forma de vida, caracterizada por la itinerancia permante chocaba y sorprendía a una población vinculada a la tierra. Una sociedad agrícola que no tenía ningún hueco en su organización para estas gentes. Es más, a excepción de Italia, el prejuicio de que la dedicación al comercio es denigrante permanece vivo en el seno de la nobleza
la nobleza no tuvo más que desprecio para aquellos advenedizos cuya procedencia era desconocida y cuya insolente fortuna resultaba insoportable [...] se sentía humillada por tener que recurrir, en momentos difíciles a la ayuda de estos nuevos ricos.
La Iglesia, por su parte, no hace sino reforzar esta tendencia. Considera que la vida comercial hace peligrar el alma. Un texto atribuído a S. Jerónimo plantea que un comerciante dificilmente puede agradar a Dios. Equipara el comercio a la usura y la búsqueda de beneficio con la avaricia. Aplicando esta tesis, el comerciante no gozaría de gran popularidad entre buena parte de la población que en esta época sigue a pies juntillas la doctrina eclesiástica.
El burgo nuevo
Los primeros asentamientos de la clase comerciante generan cambios urbanos, sociales y económicos. Por un lado, es necesario ampliar el recinto de los asentamientos comenzando la construcción extramuros.
Los burgos eran únicamente fortalezas cuyas murallas encerraban un perímetro extraordinariamente limitado, y por esta razón, desde un principio, los comerciantes se vieron obligados a instalarse, por la falta de sitio, en el exterior de ese perímetro.
A la población del “burgo nuevo“, los comerciantes, se le comenzó a conocer como burguensis, frente a los castellani o castrenses, que habitaban el burgo viejo.
Por lo general, la instalación de la burguesía fue acogida con muestras de desagrado. El comerciante no está sujeto al poder señorial de la época, conserva su condición de hombre libre, pero no ocurre lo mismo con los artesanos y campesinos que van llegando a los nuevos burgos. A diferencia de los comerciantes, la mayoría de ellos proceden de los alrededores, son conocidos y pueden ser reclamados por sus señores. Aunque se instalen en los nuevos levantamientos y abandonen el campo, no perderán su condición de siervos. Por otro lado, los mercaderes en muchas ocasiones se casan con mujeres locales, también siervas. Sus hijos, heredarán la condición de la madre por el principio “adagio partus ventrem sequitur”. Bajo el mismo techo pasarán a convivir un padre libre con una madre e hijos siervos. Es el precio del asentamiento, de la pertenencia a un territorio.
No cabe duda que esto conllevará conflictos sociales, aunque según nos cuenta Pirenne
la burguesía no es una clase revolucionara. Sólo pide que la sociedad le haga un lugar compatible con su tipo de vida
Es decir, no hay un sentimiento universalista que les mueva a reclamar los mismos privilegios que ellos disfrutan para el resto de la población. Sí para los suyos, obviamente, para los que pide concesiones y en este sentido comienzan a ejercer influencia en el desarrollo de un orden social acorde a sus necesidades.
Moraleja
Es el nacimiento de una clase de mercaderes el que sienta las bases del florecimiento económico y del comienzo de la vida urbana en la Europa Occidental al final de la Baja Edad Media. Una clase fuera del espacio delimitado en el orden feudal, en cierto modo extranjera siempre, no sólo por su itinerancia sino por su práctica y su mirada. Mirada que hará después igualmente extranjeras a sus ciudades en medio de una campiña servil. Lo que les hace libres, les hace prósperos, pero también ajenos a un mundo que no pueden sino transformar.
En tiempos de decadencia, caída de los mercados e imposibilidad de acceso a los mismos es posible asistir al nacimiento de una nueva clase social de mercaderes, que no dejan de ser ancestros de los neovenecianistas de nuestro tiempo. Los factores determinantes en aquel momento vuelven, a otra escala, a estar vigentes: cierre de mercados, dificultades crecientes a la movilidad de las personas, valores cada vez más encerrados en el territorio y un estado nacional que reclama que les pertenecemos por nacimiento.
Pero hoy tenemos tenemos también tecnologías que nos permiten en parte salvar las barreras físicas, tan costosas de eludir en la época medieval. Siempre hay espacio para salir del territorio y del poder territorial, siempre hay necesidad de emprender, comerciar, crecer y disfrutar de la libertad.
-
La mirada universalista, la de la comunidad real y por qué a los indianos nos define la segunda
20 ago 2010
¿Por qué los planteamientos indianos resultan inútiles para responder cualquier cuestión realizada desde lógicas universalistas?
Tipicamente cuando los indianos debatimos con algunos amigos surge una diferencia de perspectivas. Una diferencia que a las finales podría resumirse como la diferencia entre pensar desde lo universal y pensar desde nuestra comunidad real.
Muchos amigos piensan que nuestros aportes quedan cojos por ello, que son poco generalizables, que nuestros resultados son útiles poco más allá de nuestro entorno. Nosotros lo vemos desde un punto de vista diferente: ¿Por qué pensar desde los supuestos intereses de unas abstracciones que no existen por si mismas y que en todo caso no son son las personas a quienes queremos y que nos importan? ¿Para qué? Sin embargo es la forma en que se nos enseña a pensar desde niños. Pensar desde el lugar de Dios, que es el del estado nacional, pensar por todos.
Es obvio que esta mirada universalista estaba profundamente arraigada en el pensamiento y la teología cristianas. Las leyes morales se justifican y fundamentan sobre la universalidad de la Creación. A las finales todos somos iguales en la Ley de Diós. Sin embargo el mundo medieval es un mundo estamental, donde la gente define su identidad desde la comunidad real y la teología católica imperante, la escolástica, se hace famosa por su casuística.
Pero, nos cuenta Foucault como en el siglo XVIII con la emergencia del absolutismo que prefigura al estado nacional, surge un nuevo tipo de racionalidad, un nuevo tipo de mirada, porque lo que :
va a manifestarse como importante es el conocimiento y desarrollo de las fuerzas de un estado en un espacio (a la vez europeo y mundial) de competencia estatal, muy diferente del espacio donde se enfrentaban las rivalidades dinásticas. El problema fundamental es el de una dinámica de fuerzas y las técnicas racionales que permitan intervenir en él.
Así, la razón de estado, al margen de las teorías que la formularon y justificaron, cobra forma en dos grandes conjuntos de saber y tecnología políticos: una tecnología diplomático-militar consistente en consolidar y desarrollar las fuerzas del estado mediante un sistema de alianzas y la organización de un aparato armado (…) El otro aparato estaba constituido por la “policía” en el sentido que se daba entonces a la palabra: es decir, la totalidad de los medios necesaria para acrecentar desde dentro las fuerzas del estado. En el punto de unión de esas dos grandes tecnologías y como instrumento común, es preciso situar el comercio y la circulación monetaria interestatal. Del enriquecimiento mediante el comercio se espera la posibilidad de aumentar la población, la mano de obra, la producción y la exportación y de dotarse de ejércitos fuertes y numerosos.En la época del mercantilismo y el cameralismo, el par población-riqueza fue el objeto privilegiado de la nueva razón gubernamental.
Lo que Foucault llama el nacimiento de la biopolítica no es sino el comienzo de una nueva mirada -la razón de estado- que convierte en objetos colectivos a conjuntos de personas con una serie de características comunes. Pero objetivar es también cosificar, convertir grupos de personas en cosas en abstracciones. Las clases aparecen por primera vez como objetos de la atención del estado -en vez de los estamentos feudales- en el Tableau Economique de Quesnay. Pronto serán objetivados también los connacionales y los extranjeros que ya no serán esos iguales imaginados a partir de la lengua escrita y el mapa, sino un objeto social descrito por la Estadística este nuevo saber sobre los datos que en su mismo nombre recuerda el carácter exclusivo, casi siempre secreto, que el estado le otorga en un principio.
Estadística, Economía, Sociología, Historia, Criminología y finalmente Psicología, serán las primeras concreciones de los saberes propios generados desde los nuevos poderes asumidos por el estado que precisa de abstracciones estadísticas para totalizar y fortalecer su dominio interno y externo.
En Economía será La riqueza de las naciones la que empiece a marcar la distinción entre las preocupaciones del absolutismo intervencionista y el estado nacional liberal ya en su mismo título.
La Historia, con las nuevas formas científicas que siguen a la revolución francesa empezará después a conquistar el pasado para la nación hasta demostrar su caracter natural, intemporal y por tanto cohesionador en una era de terremotos sociales.
Una naturalidad que se funde con la idea smithiana la mano invisible y la lógica del laissez faire del primer liberalismo. A su zaga, la Sociología alcanzará con el positivismo la forma “completa” de un saber basado en la experiencia de un poder que ensaya ya la escolarización general y hace sus pinitos en el sufragio universal.
A lo largo del prodigioso siglo XIX las ciencias sociales diseñarán los relatos y construirán los sistemas de análisis que el estado nacional requiere para pensar la nación. Es un periodo histórico en el que de imaginarse, de defenderse como proyecto, la nación pasa a ejecutarse, a convertirse en el sistema operativo de la vida social para todos en cada lugar a través de un nuevo estado al que el hegelianismo ya había sabido ver como materialización de la comunidad imaginada. Y los jóvenes hegelianos serán el alma de la revolución paenuropea de 1848, la primavera de los pueblos que definiría las naciones canónicas del continente.
La idea de la nación configuradora, que constituye como nacionales a cada uno de nosotros se hará poco a poco tan hegemónica que cuando en el siglo XX Joyce repudie el nacionalismo irlandés con su famosa frase (“tú crees que digo que Irlanda es importante porque le pertenezco… pero Irlanda es importante porque me pertenece a mí“) sólo podrá ser interpretada como filoanglicismo o como boutade poética.
Durante el mismo siglo XIX pero sobre todo durante el XX, las herramientas de objetivación del estado nacional, sus saberes científicos, darían definitivamente la vuelta a sus objetos y los convertirán en identidades delegadas, en nuevos sujetos (imaginados) colectivos, definidos dentro de la nación e igualmente constituyentes de cada uno de nosotros: tendremos entonces no sólo que pensar como connacionales amantes de la patria eterna, sino además como hombres o mujeres, como trabajadores o profesionales, como miembros de una raza, como minusválidos o como miembros de subgrupos de cualquier tipo, imaginados y echados a andar para mejor gestión del estado. Porque estas nuevas comunidades imaginadas también nos reclaman una lealtad que a las finales hay que materializar en organismos especializados de la maquinaria sociopolítica (sindicatos, asociaciones, etc.). El objeto social (clase, raza, sexo..) pasa poco a poco de atributo del connacional imaginado a hilo de una urdimbre que presuntamente nos personalizaría, dentro siempre de la identidad nacional constituyente.
El sistema educativo y mediático estirará y ejercitará desde la infancia a cada uno en este falso universalismo fractal y nacionalista. Cada individuo pensará en los términos de los objetos sociales del poder y se identificará sobre ellos hasta el paroxismo. La razón de estado, razón al fin del estado nacional, podrá entonces confundirse con la razón democrática y sólo ella será socialmente razonable.
Sólo la experiencia de un nuevo tipo de socialización empieza a generar la experiencia de un nuevo poder personal y comunitario transnacional que a su vez impulsa un nuevo tipo de saberes que repudia la identidad imaginada desde los viejos objetos sociales nacidos de la matriz absolutista del XVIII.
Nuestra contextopedia representa para los indianos un primer apunte de esos saberes que necesitamos y que se han nutrido de nuestra propia experiencia. Es algo pequeño, precario todavía como lo es la propia comunidad indiana. Pero ya está planteado como práctica y como necesidad.
Nuestra comunidad se afirma por encima de todos los objetos sociales queridos del estado porque no los necesita. Cuando una comunidad se torna independiente económicamente, el poder es la comunidad misma, no el poder sobre la comunidad. Ayuda que nuestros ingresos no vengan de la relación con un estado, pero la clave es que a diferencia de otras comunidades reales transnacionales (familias, redes conversacionales identitarias, etc), seamos los productores y organizadores de nuestra propia economía.
En otras palabras: pensamos desde un nosotros no abstracto, que significa caras, recuerdos, nombres y apellidos reales, porque podemos explicar nuestra economía desde nuestra propia práctica colectiva de mercado, sin recurrir a abstracciones que nos permitan imaginar quiénes somos contándonos como sobrevivimos. No nos gustan esas abstracciones, esos nuevos dioses celosos que pretenden ser nuestros progenitores. No las necesitamos. Ni siquiera a la de Humanidad. Esa es la sencilla verdad.
-
Empresas tradicionales en transición hacia la democracia económica: el grupo cooperativo como modelo organizativo
17 ago 2010
¿Cómo enfrentar la transición hacia la democracia económica en empresas donde no todos los que trabajan en ella se han planteado la necesidad de convertirse en socios? ¿Motiva lo que no es deseado?
Hace ya bastantes años que entre nuestros servicios se encuentra la consultoría de organización. En nuestros proyectos de este tipo siempre hemos incluido la puesta en marcha de espacios deliberativos que de alguna manera anticipaban o ponían la semilla de la democracia económica.
Pero ahora estamos frente a un reto distinto. Un reto que es ante todo un desafío a nuestros propios prejuicios: dar una estructura y un funcionamiento cooperativo a una organización joven y briosa pero que nació y creció desde una estructura tradicional de SL. Es decir, una organización donde sólo unos pocos se han planteado siquiera que quieren ser y funcionar bajo el principio de democracia económica.
En la mentalidad indiana, está bien presente la idea de Artigas: “la libertad concedida es colonia“. De entrada para nosotros, si no hay comunidad, si no existe una identidad y un proyecto vital común tiene poco sentido plantearse la forma cooperativa. No se innova con aluvión, sin complicidad.
Pero nos enfrentamos aquí a un pedido distinto: la forma cooperativa ha de ayudar a la asunción del proyecto por sus protagonistas… lo cual a su vez nos ha llevado a un esfuerzo de reinterpretación de las empresas tradicionales y de la gente que trabaja en ellas y sus objetivos.
¿Cerdos y gallinas?
Nuestra mirada anterior se parecía mucho al viejo cuento anglosajón del cerdo y la gallina que huyen de la granja y pretenden abrir un restaurante para ganarse la vida. Cuando discuten qué menú servirán la gallina propone servir desayunos con huevos y panceta. El cerdo entonces responde que no pueden ir a partes iguales, él está comprometido mientras la gallina sólo está involucrada.
Cuando una plantilla se contrata atendiendo al CV y las habilidades profesionales demostradas por cada cual, la mayoría sólo estará involucrada. Hará más o menos apasionadamente su trabajo, con corrección y cuidado, pero si no media coacción, no trabajará más horas que las estipuladas. Está vendiendo horas de trabajo a cambio de salario y condiciones. No está asumiendo, comprometiéndose en un proyecto. Pretender otra cosa, por otro lado, sería poco menos que abusivo por parte de quienes mantienen la propiedad y por tanto deciden el reparto del excedente.
Hay siempre sin embargo, además de los emprendedores que iniciaron el proyecto quien toma su trabajo como una causa, quién lo entiende como mucho más que un intercambio mercantil. Y aún contra toda racionalidad (la empresa no es tuya, le recordarán pareja y amigos) se dejará la piel en conseguir sacar adelante la producción y las ventas.
En esta lógica sólo los cerdos estarían en disposición de convertirse en cooperativistas. Las gallinas simplemente estarían a otra. Ni siquiera lo desearían. De hecho, ni siquiera lo merecerían. Convertir la empresa en cooperativa desde arriba sería concesión, colonia, un traje demasiado grande que no serviría a los fines y que se degradaría sin haber sido aprovechado…
¿Artesanos y mercaderes?
Pero hay otra forma de mirar a las empresas tradicionales. Es cierto que hay gente comprometida y gente involucrada. Gente que lo vive y gente que hace lo suyo y se va. Pero si miramos un poco más en detalle a lo mejor la división no es exactamente esa.
Seguramente los cerdos que no fueron directamente fundadores, son los que más relación tienen con el cliente o con el mercado, los que sienten el proceso de desarrollo de productos como un hacker sentiría el trabajo, como un reto que les vincula a un espacio de reconocimiento. Para ellos ser socios es también una motivación. Son mercaderes y tarde o temprano acabarán volcados en el mercado, gestionando proyectos para clientes, llevando implantaciones de productos, mejorando los procesos de venta… Son cooperativistas naturales.
¿Pero y las gallinas? Demos por hecho que las gallinas disfrutan de su trabajo, que disfrutan, como casi todo el mundo que no “tiene un problema en el trabajo“, de trabajar con un equipo estable de personas (compañeros) con los que desarrolla proyectos de medio y largo plazo que le resultan interesantes.
¿Qué es lo que piden las llamadas gallinas? Normalmente tiempo y recursos para hacer bien lo que tienen que hacer. Muchas veces mayor comprensión de los problemas concretos por parte de equipos directivos que no conocen -a veces incluso desprecian- los aspectos técnicos de la producción y por tanto no pueden valorar los aspectos creativos, el ingenio que aplican a las dificultades que enfrentan.
No, no son gallinas que simplemente ponen un huevo y se van. Son artesanos a los que el mercado no les interesa porque el reconocimiento que presta no les hace un especial sentido. Ellos saben de esfuerzo. Su ética es una ética del esfuerzo no de los resultados mercantiles y el reconocimiento externo. No les gusta vender. Tienen mucha menos prisa y mucho más amor por los detalles. ¿Pero eso les invalida para ser cooperativistas? ¿No es precisamente autonomía lo que desearían para organizarse mejor y distribuir tiempos y habilidades de manera más eficiente?
¿Pueden cooperar artesanos y mercaderes?
El acerbo del cooperativismo no acaba en la figura de la cooperativa clásica. De hecho, la idea de grupo cooperativo como forma avanzada de intercooperación tiene mucho más juego que la consecución de escalas… y en este caso, en este tipo de casos, puede darnos una clave para la transición hacia formas cooperativas en organizaciones tradicionales.
Empecemos por nuestra propia casa. La estructura del Grupo Cooperativo de las Indias está pensada para que los aprendices se descubran artesanos, dedicando tres años a tareas de producción, aprendiendo los detalles y habilidades del pluriespecialista que cada indiano es como socio de la Sociedad Cooperativa del Arte de las Cosas. Se busca con eso potenciar y desarrollar su mentalidad de artesano, de persona que ama su trabajo y es capaz de entenderlo como portador de unos valores y un proyecto comunitario y personal. Son socios, sí, pero no gestores ni comerciales. Lo serán luego, cuando pasen a la fase de compañerismo, una etapa de verdadero emprendizaje cuyo objetivo es descubrir y desarrollar la vida de mercader sin perder las virtudes del artesano.
La clave del sistema: un único grupo cooperativo en el que maestros mercaderes y aprendices artesanos tienen espacios autónomos dentro de una casa común mientras los compañeros protagonizan el crecimiento hacia los lados, es decir la apertura y gestión de nuevos proyectos. La comercialización recae sólo en la Sociedad Cooperativa de las Indias Electrónicas, cabecera del grupo que es además la que invierte parte de sus excedentes en emprendimientos externos y gestiona las cuentas globales redistribuyendo excedentes según la lógica -realmente igualitaria e transnacional- característica de nuestro grupo.
¿No tiene este sistema algo que aportar en su estructura a las necesidades propias de una empresa tradicional en transición hacia la democracia económica? ¿Sólo nosotros, los indianos, podemos encontrarle utilidad?
Un modelo de grupo cooperativo para las empresas tradicionales en transición
La primera respuesta desde la lógica cerdos vs gallinas suele ser montar una coop de cerdos que a su vez mantenga como asalariadas a las gallinas. Afortunadamente esto es practicamente imposible. Las cooperativas no se inventaron para practicar la democracia censitaria en la empresa.
Sin embargo, el grupo cooperativo ofrece una opción relativamente sencilla: formar una cooperativa de mercaderes que sea la cabeza del grupo cooperativo, participe otras empresas y asuma la comercialización y gestión de cuentas. Y una -o varias- cooperativas de artesanos centradas en desarrollar la producción, con autonomía para organizar el trabajo y crear un sistema de carrera interna realmente motivador para sus miembros. Porque eso ni lo duden: el artesano no se ve motivado por lo mismo que el mercader.
En un momento dado un grupo cooperativo organizado de este modo bien podría incluso financiarse según el modelo Szena: participar minoritariamente una sociedad anónima que fuera la dueña de la marca sobre la que se comercializaría el servicio o los productos y para la que formalmente trabajaría en exclusiva.

La Sociedad Cooperativa del Arte de las Cosas es una empresa del Grupo Cooperativo de las Indias. Creamos conocimiento, productos y servicios empoderadores para las personas, las comunidades y las organizaciones con herramientas innovadoras que refuerzan la sostenibilidad social y medioambiental de sus proyectos.
La Sociedad Cooperativa del Arte de las Cosas es una empresa especializada en la investigación y desarrollo de formas social y medioambientalmente sostenibles de producción de bienes e infraestructuras. La Bitácora del Arte es una bitácora dedicada a reflexionar sobre los modos comunitarios y sostenibles de trabajar, crear, distribuir y producir, con ella hacemos pública la evolución y los debates sobre nuestro propio modelo organizativo.

En 2007 la Sociedad de las Indias Electrónicas lanzó feevy, un servicio web en software libre cuyo objetivo era ayudar a hacer más distribuida la blogsfera. Para mantenerlo y desarrollarlo hacía falta una estructura que la empresa no tenía. Por eso el 2 de octubre, en el quinto aniversario de la fundación indiana, Natalia Fernández en representación de las Indias junto con Javier Cañada que había hecho el diseño de interacción, fundaron Feed the Ivy SL. La empresa sirvió de soporte al mantenimiento del servicio y vendió sus propios desarrollos de software libre durante más de un año.
Con la venta de feevy al grupo BBVA a principios de 2009, la empresa comienza el proceso legal de transformación en una cooperativa de trabajo asociado. El objetivo era estudiar y experimentar formas de producción social y mendioambientalmente sostenible. Queríamos producir lo que llamamos el modo de vida indiano sintiéndonos orgullosos del modo y no sólo de los resultados.
Tomamos el nombre de El Arte de las Cosas porque a partir del siglo XI en Europa aparecen gremios de artesanos y coaliciones de mercaderes-productores, conocidos también como Artes. Los distintos artes no eran sólo comuninades técnicas. Eran comunidades de conocimiento que trabajaban desde y para un ideal ético que se ligaba y explicaba desde el hacer y las herramientas del oficio.
Pensamos que el conocimiento que permite hacer cosas hermosas y socialmente útiles no puede ser sólo un conocimiento técnico, ha de contener un significado social, una ética del trabajo y una visión del mundo. Los objetos que se ofrecen en el mercado son portadores de mundos, de proyectos sociales y visiones morales. Queremos ser un Arte, un Arte dedicado a la creación de objetos con significado.
Nuestro símbolo es el símbolo de uno de aquellos Artes, el Arte de la Calimala, los creadores de las primeras redes comerciales medievales transeuropeas. Originalmente tinteros -por eso el águila porta un torsello, un fardo de lana- acabaron creando las formas modernas de la banca y siendo los mecenas del Renacimiento florentino.
Como ellos, nuestra primera exploración la hicimos en el mundo textil. Entre mayo y julio de 2009 vendimos en nuestro local de Madrid una colección de inspiración literaria que habíamos producido en pequeños talleres independientes valencianos. Tras esta primera experiencia, el 18 de septiembre de 2009, Feed the Ivy SL se transformó ante notario en cooperativa de trabajo asociado, pasando a llamarse Sociedad Cooperativa del Arte de las Cosas. Los tres socios “refundadores” fueron Natalia Fernández, María Rodríguez y David de Ugarte.
Ese fue nuestro verdadero punto de arranque, un momento que vino a coincidir con el momento más duro de la crisis económica. Comenzamos entonces un proceso de reflexión sobre las formas de trabajo y organización que pudieran hacer aún más resilentes a las comunidades y empresas regidas según principios de democracia económica.
Es a esa reflexión a la que queremos invitarte con en esta Bitácora del Arte.
El 9 de febrero de 2010 decidimos en asamblea formar junto a Sociedad de las Indias Electrónicas el Grupo Cooperativo de las Indias, dentro del cual el papel de la Sociedad Cooperativa del Arte de las Cosas consistirá en proveer al grupo de un nodo específico de investigación y desarrollo de productos, haciendo además de casa-taller de los nuevos indianos e “incubadora” de nuevas cooperativas especializadas.

